Una de móviles

Los teléfonos móviles parece que llevan con nosotros toda la vida (bueno, para los más jóvenes es así) a juzgar por el grado de aceptación que tiene su uso. Pocas tecnologías han extendido su utilización con tanta rapidez, democratizándolo en todas la franjas de edad. Supongo que así se sentirían nuestros padres respecto a la televisión o nuestros abuelos respecto a la radio. Todavía recuerdo cuando empezó la tecnología de la telefonía móvil, la cual consistía en una maleta que debías instalar en un coche (y cuando digo instalar, era eso, hacerle todo un montaje de cableado para la alimentación del aparato y otro hasta la salida de la antena del coche), a un precio totalmente desorbitado (¿sería por esto que todos los coches que se equipaban con el artilugio fueran de alta gama?), pudiéndote quedar además sin cobertura en mitad de Barcelona. No penséis que yo lo poseía en mi coche, era quién lo instalaba.

Así empezaron estos terminales y hay que ver a qué grado de perfeccionamiento han llegado, que ya son usados para todo, aunque raramente para lo que fueron creados. Todo el saber cabe en tu bolsillo, por eso, crees que en Dios te has convertido, aunque en la noticia te quedes con el qué, sin importarte el cómo ni el porqué. En su utilización, solo empleamos la vista y el oído, pero obviamos los otros tres sentidos, dejando los besos y los abrazos para el olvido, con lo que cercena nuestras humanas capacidades, ¿será este el posthumanismo al que nos vemos abocados? Artilugio que borra los surcos de tus huellas dactilares, señal de ancianidad, ¿ocurrirá lo mismo con las líneas del pensar?

Tan celosos que nos declaramos por nuestra privacidad, descargamos aplicaciones sin parar, aceptando todas las impertinentes preguntas que nos hacen, sin pensar para que quieren saber toda esa información que tan gustosamente les entregamos. Parece que los dispositivos están para facilitarnos la comunicación, pero paradójicamente resulta ser el mayor rompedor de fructíferos diálogos y cálidas conversaciones. ¿Cuántas veces hemos visto a grupos de personas, cada una de ellas en soledad, acompañados solamente por sus engañosas y cautivadoras pantallas?

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