La estampita

Era un tórrido verano, habíamos decidido pasar nuestras vacaciones disfrutando de la zona sur francesa y llegó la hora de plantearnos cómo nos íbamos a llevar dinero para los gastos en nuestro periplo. No hace mucho que se había introducido el Euro en España, y en esos días se daba a conocer por los medios de comunicación que los billetes de más alta tirada de la moneda (500 E) estaban desapareciendo de la circulación como por ensalmo, y que era harto difícil el poder conseguir alguno. Como todavía no había visto ninguno (ya que es bastante poco operativo para la economía diaria por su alto valor), decidí ir al banco, dejar la cuenta temblando y con los números tirando al bermellón, y pedir una de esas arcanas estampitas para llevar como salvoconducto para solventar las penurias de mi viaje. Era un billete fácil de ocultar debido a su poco volumen y que al ser una moneda de curso legal, no tendría ningún problema en cambiarlo llegada la hora de echar mano del mismo. Por otro lado, así me evitaba de pagar las extendidas comisiones que te cobraban por sacar dinero de los cajeros por entonces (siempre he tenido aversión de dar más dinero todavía a  los ricos).

Y así pase la frontera con mi pequeña fortuna cuidadosamente doblada y guardada en el hueco más recóndito de mi vestimenta. Estuvimos tirando con dinero que llevábamos suelto y realizando alguna compra con tarjeta, cuando, visitando la ciudad de Albi, cuna de Toulouse-Lautrec, decidí que era un sitio lo bastante urbano y transitado como para que mi tesoro viera la luz. Todo ufano me dirigí a la primera sucursal bancaría que vi en el centro de la urbe y al mostrarle el billete al dependiente del mostrador y hacerle ver mis intenciones para ejercitar el cambio, puso cara de poker y se levantó para pedir ayuda al director de la sucursal, no sé si porque no me había entendido por conocer la lengua de Shakespeare a mi mismo nivel o porque el aspecto del personaje que tenía enfrente, ataviado con bermudas y sandalias, resultaba sospechoso ante su extraña petición. El director, mirándome de soslayo, me dijo que no podía atender mi requerimiento (¡aleluya!, hablaba un poco de castellano), que al no ser cliente no estaba obligado a darme cambio. Contrariado, repetí la operación en otras dos sucursales de diferentes entidades, obteniendo la misma respuesta. En la última, el cajero, al ver mi cara de estupor e impotencia me indico que podía intentar acercarme a una oficina del Banco Nacional de Francia, ya que al ser un ente público, no tendrían problemas en cambiarlo. Allí encaminé mis pasos, mirando para todos los lados con desconfianza,  ya que a esa hora suponía que después de tantas veces que había contado la inverosímil petición a tanto contable, sería noticia vox populi. Ya saben, los reparos propios del “avezado” viajero.

 Después de llamar varias veces en una inmensa y pesada puerta, adornada con una placa de aluminio con la referencia que estaba buscando, esta se abrió dejando paso expedito para mi ansiado objetivo. Me quede solo en un solitario pasillo después de oír el estruendoso cierre de la chirriante puerta a mis espaldas. Como ya había llegado muy lejos y no era cuestión de dejarme vencer por los infantiles reparos producidos por el lúgubre aspecto del pasadizo, me dirigí hacia la luz que me guiaba al final del túnel (como un moribundo cualquiera), llegando a una estancia bien iluminada si no hubiera sido por el regular parpadeo de una fluorescente, sin muebles, con un antiguo mostrador de piedra marmórea y un cristal hasta el techo, uno de esos que si le pegas un martillazo, lo único que consigues es que rebote y te pegue en la cabeza.  Ante tamaña seriedad y medidas de seguridad del lugar, me sentí aliviado, ya que seguro que ahí iban a dar solución a mi cuita. Desdoblando cuidadosamente el pagaré del Banco Central Europeo, y después de explicarle con profusión de detalles a mi interlocutor la intención de cambiarlo por billetes más pequeños, este me informó que eso no estaba dentro de sus funciones, según el convenio colectivo al que estaba adscrito. Con mi sonrisa congelada ante el muro con que me había topado, doble y metí mi fastidioso caudal en el bolsillo, y desandando mis pasos llegue hasta la calle. Decidiendo que no iba a perder más tiempo con el asunto, cogí el dinero de plástico y me dirigí al primer cajero que vi, aun hubiera estado custodiado por el mismísimo cancerbero, sacando el dinero que me hacía falta, eso sí, tras entregar la suculenta comisión exigida.

Ni que decir  que la inservible estampita de colores volvió conmigo a España, supongo que satisfecha por el infructuoso paseo que había disfrutado, estando como estaba destinada a la eterna oscuridad de la evasora y corrupta caja de caudales.

6 comentarios sobre “La estampita

  1. ¡Mira por dónde!. Todo el mundo hablando de que esto es la Europa de los mercaderes y el dinero, y no de las personas, y a ti todas las personas que encuentras a tu paso te atienden (cierto que con pobre resultado), y a tu dinero no le hacen ni puñetero caso. Y es que hay mucho deslenguado desacreditando y lanzando bulos, situación que no dudo solucionará el Ministerio de la Verdad y podremos ser felices y comer perdices. Otra ronda, que está es mía. Saludos

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    1. interesante contraponer los negocios y las personas, supongo que en los negocios tiene algo de influencia lo personal (espero) y muchas personas buscan el hacer negocio…Bienvenido Caito y un placer que hayas aceptado mi invitación, espero que te gusten las lecturas.

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    1. No lo se fehacientemente…supongo que pondrían en valor la máxima de los malos comerciantes, «donde no hay ganancias, cerca están las pérdidas»…Siempre podía haberlo usado para comprar algo, pero no me arme de valor como para explicar al comerciante/camarero que no tenía un billete más pequeño…

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