El tiempo acabado

Hoy vamos a hablar sobre Fausto. Fausto era un vecino y amigo de cuando íbamos a la casa del pueblo, que con sus 86 años nos dejó porque, como decía él,  estos tiempos que estaba viviendo no eran los suyos y no los entendía. Como si el tiempo que hubiera sido asignado para su existencia hubiera terminado por las insalvables diferencias que encontraba con el presente. Era un hombre de complexión fuerte, esculpida por una vida dedicada al duro trabajo del campo. Manos grandes, fuertes, nudosas y honrosamente encallecidas. Siempre una sonrisa afable en su cara, con las macas dentales propias de una maquinaria gastada con el uso, que invitaba a acercarse para saludarlo. Y una mirada sin dobleces, directa y honrada, la cual hacía que pudieras confiarle la custodia del tesoro de Moctezuma.

¿Pero qué hacía que sintiera que su tiempo se hubiera acabado? Había vivido en una época y en un lugar en que la puerta de su casa estaba siempre entreabierta como señal de hospitalidad invisible para todo el que se acercaba. Últimamente ya la cerraba, porque en una ocasión se había tropezado con un allanador rebuscando entre sus cajones, que al verse sorprendido, se marcho riendo y sin inmutarse. Le aconsejábamos que no abriera la puerta a desconocidos, y mientras nos miraba son cara de no entender, nos transmitía que no podía no abrir a quien llamara a su puerta. Por esta fatal costumbre, nacida de la necesidad de ofrecer abrigo a su congénere, el vivillo de turno ya le había cambiado dos veces las gomas del butano sin necesidad, a precio de latiguillo de Ferrari.

Hace unos cuantos años, un elegante “amigo” que cuidaba su dinero le ofreció unos productos bancarios que no entendía, preferentes, subordinabas o fondos se llamaban, y con esos nombres rimbombantes más  la insistencia de quien tantas veces le había asesorado, ¿cómo podía decirle que no? Lo único que le recalcaba era que no quería perder el dinero que tanto esfuerzo le había costado, cosa que le era asegurada por descontado. Un día, ese personaje dejo de aparecer por la sucursal del pueblo, lo habían destinado a otro sitio le dijeron, y el nuevo esbirro accedió a poner al día su libreta de ahorros, lo que le puso contento ya que hacía tiempo que no veía los movimientos de su cuenta porque el ordenador estaba roto, o al menos eso le decían. Al ver el bocado que le habían dado a su patrimonio palideció, y al pedir explicaciones se tuvo de contentar con vagas explicaciones económicas que seguía sin entender… y siguió oyendo largas hasta que dejó de insistir.

Vendedores sin escrúpulos mancillaban la paz de su hogar continuamente con llamadas de teléfono ofreciendo sus imprescindibles productos, y ante la educada negativa, seguían insistiendo sin dejar paso al desaliento, lo que le producía gran turbación y desasosiego. En sus últimos lances, accediendo a la petición de uno de estos agentes o mejor dicho, para librarse de él, cambió de compañía telefónica. Que desagradable sorpresa se llevó cuando recibió un flamante teléfono de última generación, indispensable para usar la tecnología VOIP con la que funcionaba la nueva compañía, y se enteró que no iba a poder seguir utilizando su antiguo teléfono que había usado toda la vida. Del nuevo teléfono no entendía los complicados menús, no veía las diminutas teclas y no oía el volumen del pequeño altavoz. Lo único que quería era el poder seguir usando su viejo teléfono por lo que me pidió ayuda para hacer la gestión. Después de innumerables llamadas, explicaciones a máquinas y a humanos que no querían entender, pudimos dar de baja una línea y contratar otra que sí le ofrecía lo que deseaba. Eso sí, previo pago de la indemnización que estimó la compañía abandonada, como resarcimiento ante la tamaña ofensa. De tanto dar y tomar cayó enfermo, y una tarde que pasamos a verle, postrado en la cama como estaba, casi con su último hálito vital, nos inquirió sobre si ya se habían cobrado ese dinero. Él no podía morir con deudas a su espalda. A la noche falleció.

Tiempos actuales en que se permite y tolera que molesten e intenten engañar buscando un indigno beneficio. Los poderes encargados de realizar las leyes, en lugar de penalizar estas conductas y poner coto a tantas tropelías actuando de oficio y protegiendo al indefenso, a ese que no tiene ni los conocimientos del jurisconsulto ni el desparpajo del leguleyo, miran para otro lado siendo cómplices de tales abusos.

Sí, su tiempo había pasado…

10 comentarios sobre “El tiempo acabado

  1. Reblogueó esto en Anarchanthropus crapuloideus (Al fondo a la izquierda, por favor)y comentado:
    Leyendo este texto que vinculo, acabo de darme cuenta de que llevo unos años llamándome Fausto. No me he podido sentir más identificado con estas líneas. Digan lo que digan quienes me aprecian o simplemente quieren quedar bien conmigo, estoy de más. Mi tiempo ha sido breve y mi espacio angosto. Ya pasaron.

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    1. Me niego que pienses esto. En este escrito se refleja un sentimiento que puede tener gente mayor,pero,al mostrar tamaña injusticia, quiero rebelarme con todas mis fuerzas ante ello. Me gustaría haber visto a muchos adolescentes actuales que tuvieran que haber bregado con situaciones que afrontaron nuestros mayores. Los tiempos cambian, cada vez mas velocidad, pero como se refleja en el escrito, no siempre para bien…Un abrazo

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    1. Ese transcurrir temporal hace que se generen nuevas necesidades y dejen de valorarse otras aptitudes…Me viene a la cabeza la película «El curioso caso de Benjamin Button», en la cual el tiempo transcurría al revés…Quizás apreciaríamos esas aptitudes…Un saludo, gracias por pasarte y comentar

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