Tontophone vs Smartphone

Llama la atención en las reuniones cuando saco mi móvil. Le choca a todo el mundo que siga llevando ese antediluviano artilugio, mi viejo Nokia, esa indestructible obra de la ingeniería, de cuando la moda y la razón dictaba que debíamos de aprovecharnos de las incipientes técnicas de miniaturización electrónica, y tener en el bolsillo un teléfono en el cuál la comodidad fuera su insignia. Ahora, el tamaño deja de ser importante, y sacrifican esa comodidad por el alarde tecnológico del que hacen gala los últimos modelos, en los cuales puedes ver una película en cualquier lugar, con un tamaño y unas resoluciones que para sí hubiera querido tener Akira Kurosawa, o tener en la palma de la mano una capacidad de procesamiento superior a la necesitada para llevar el primer cohete a la luna.

Todo ese gran abanico de posibilidades que nos ofrece la técnica son eso mismo, posibilidades o contingencias futuribles, que pueden ser llevadas a cabo o no. De hecho, en la mayoría de las ocasiones no usamos más que una pequeñísima parte de las funciones con las que vienen equipados los últimos terminales. Pagamos dinero, cargamos incomodidad  y consumimos más energía de la necesaria por tener la capacidad de hacer algo, no por el hecho de hacerlo.

Por otro lado, esa posibilidad y facilidad de inmediatez en la comunicación con nuestro grupo de confort (familia, amigos,…), hace que estemos a todas horas con la cerviz torcida consultando en directo los cambios del ecosistema virtual al que pertenecemos como cartujos ante su breviario, haciendo que nos perdamos  las cosas reales que nos rodean. Cambiamos lo real por lo virtual.  Además, la acción de consultar ese “ecosistema virtual”,  de tan conocido que nos resulta se vuelve limitado. Se asemeja a mirar por el agujero de una hormigonera en funcionamiento, en el cual, por repetitivo y poco variado, no aporta nada nuevo. Cambiamos todas las maravillas que nos ofrece el mundo exterior, las cuales para ser disfrutadas deben estar todos los sentidos en alerta, por el agradable pero artificioso sentido de seguridad que nos ofrece el estar continuamente en contacto. Pero esta cautivante sensación acaba transformándose en necesidad y dependencia. Y ante la imposibilidad de no estar asido a ese vínculo virtual, nos convertimos en eslabones de la misma cadena con la que atamos la capacidad de percibir y apreciar el exterior.

Como no llamar dependencia al hecho de tener que estar continuamente recargando la batería de esa máquina cada pocas horas, reclamando nuestra atención ante los pitidos que producen los eventos y avisos de esa multitud de programas impertinentes (efecto tamagotchi), o cambiando el móvil cada pocos meses por saturación u obsolescencia.  Qué silenciosa paz me regala mi móvil, que solo me molesta cuando alguien necesita ponerse en contacto conmigo, pudiendo convertirse en placer si la llamada proviene de alguien a quien quiero. Qué tranquilidad me ofrece el saber que siempre voy a tener carga suficiente para realizar cualquier llamada importante, ya que con cargarlo cada 15 días es más que suficiente. Qué fortaleza me infiere el sentirme libre de la presión de las compañías telefónicas y la ejercida por la mirada extrañada de la masa, por seguir manteniendo mi móvil después de tantos años, en una lucha quizá estéril ante el consumismo exacerbado. Aun a costa de ser considerado un friki fetichista.

8 comentarios sobre “Tontophone vs Smartphone

  1. No puedo estar más de acuerdo. Es un signo de nuestros tiempos, la demostración descarnada de la locura consumista que muchos, la mayoría, no quiere ver, pero que nos lleva directos al abismo. Curiosamente, aunque por razones diferentes, y casi opuestas, esta cuestión que pones en evidencia coincide con esa idea que lanzó el PP hace ya bastantes años, según la cual vivimos por encima de nuestras posibilidades. Ellos decían que habíamos vivido, refiriéndose a otro asunto totalmente diferente. Pero la frase tiene mucha relevancia en este contexto. La humanidad occidental vive muy por encima de las posibilidades reales que tiene la Tierra para albergar a semejante volumen de población a semejante volumen de gasto energético, de materiales, de agua, de alimento y de espacio. Por eso, las otras tres cuartas partes de la humanidad viven en condiciones precarias. En fin, lo de siempre, me repito demasiado. Inútilmente.

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    1. Además, se suma a lo que certeramente señalas, el hecho de tomar conciencia que las muchas posibilidades que nos ofrece esta sociedad, nos crean unas necesidades que si nos paramos a pensar un poco, no nos aportan nada reseñable, o al menos podrían ser usadas de una manera más racional…Gracias por pasarte y comentar…muchos saludos!!

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