Coronavirus, que felicidad

Vaya por delante que con este escrito no querría pecar de insensibilidad o irreverencia, pero partiendo de la premisa de que todas las situaciones tienen cosas positivas y negativas (aunque a veces unas, por su magnitud, eclipsen a las otras), me gustaría centrarme en las primeras, ya que las segundas nos las presentan todos los días en los medios de comunicación. Incluso el gran Erasmo, en su celebérrimo Elogio de la locura ensalzaba a la muerte como liberadora del dolor o a la estulticia como descargadora de las preocupaciones.

Empezaremos con las más prosaicas. Los servicios de urgencias hospitalarias han dejado de estar colapsados. La población, por miedo a los contagios, ha dejado de personarse en los hospitales por tonterías, permitiendo al personal sanitario ocuparse de las situaciones verdaderamente graves. No es un consuelo, pero si además de tener que ocuparse de la grave  situación con la que tienen de lidiar los profesionales sanitarios, estos tuvieran que ocuparse de cuatro hipocondríacos reclamando atención por fruslerías, esto ya sería el colmo.

Al estar confinados, nos ofrece tiempo para atender a aficiones (vale, las que puedan realizarse bajo techado) que muchas veces tienes que dejar apartadas o realizarlas al ralentí al estar un tercio de tu existencia empleándolo en el trabajo. Por fin voy a poder acabar de leer Guerra y paz de Tolstói (1274 maravillosas paginas), obra a la que llevaba dedicando unos meses, y que desde estas líneas recomiendo encarecidamente a quienes les guste la literatura con mayúsculas.

A las gentes necesitadas de vivienda los han alojado en polideportivos. Me resulta chocante que para que el estado se preocupe de estas PERSONAS tenga que ocurrir una emergencia nacional. Esperemos que cuando todo vuelva a la normalidad no los vuelvan a arrojar al frío asfalto.

Con el hecho del confinamiento, al obligar a pasar tiempos juntos a las familias y por ende, aumentar la comunicación entre sus miembros o realizar actividades juntas con las que combatir el tedio, sale a relucir el sentimiento familiar que a veces había quedado postrado bajo el peso de las numerosas tareas diarias. Qué decir del sentimiento de pertenencia a la comunidad, con la multitud de muestras de comunión que se perciben por parte de sus integrantes a través de ventanas y balcones, con las numerosas quedadas para aplaudir o tocar la cacerola dependiendo de la petición diaria formulada por whatsapp.

El tomar conciencia de nuestra debilidad, de nuestra fragilidad y finitud, nos hace alcanzar un estado de madurez e interiorizar que nosotros como especie no somos el centro del universo. Los inquebrantables pilares sobre los cuales se sustentaba nuestra sociedad y nuestro modo de vida, tanto económico como social, se ven tambaleados por un “bichito” de un puñado de micras, ¿no debería de ser esto causa más que suficiente para inmunizarnos contra la autosuficiencia y  presuntuosidad, propias del mundo más avanzado económicamente,  con la vacuna de la humildad?

4 comentarios sobre “Coronavirus, que felicidad

  1. No podemos olvidarnos de los que pasan un confinamiento muy crudo porque los metros cuadrados que comparten en familian no permieten, haciendo ahora uso de una hipérbole, ir solo ni al baño. Así es que algunos tenemos confinamientos privilegiados -unos más que otros- Pero para muchos es un encierro tenso, irritante y angustioso en el que varias personas comparten un espacio insuficiente y eso no creo que permita más que intentar que la familia no se desmiembre durante el confinamiento. A parte ya, por supuesto, de las situaciones de precariedad económica que se multiplican….podemos hacer, por qué no, el ejercicio de buscar lo positivo, pero solo halaremos algo de tal naturaleza los más privilegiados; otros, los muchos pueden estar viviendo lo más parecido al infierno, más en una cultura que tiende a establecer sus lazos elegidos en la calle, en el contacto con ajenos al entorno familiar y que ahora por no poseer ni internet están aislados de lo que constituía el oxígeno en su vida. No me imagino en mi adolescencia un confinamiento de esta naturaleza conviviendo 7 personas en 60m cuadrados…y con un grado de conflictividad familiar grave…..será que tengo tendencia adquirida a pensar siempre en los que viven peor….

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  2. Hola Ana, gracias por tu comentario…estoy totalmente de acuerdo contigo que para muchos este encierro merecerá los calificativos que empleas, pero sigo defendiendo la relatividad de esa impresión…el hecho de pensar en los que viven peor, es una buena manera de sentirte afortunado con lo que tienes…¿te imaginas que cara se le quedaría a uno de los millares de hacinados en un campo de refugiados si llegaríamos a calificar de infierno esta situación?…De seguro que a mucha gente el hecho de no poder salir a la calle o la perdida de un familiar por culpa de esta enfermedad trastocará su existencia, pero deberán asirse a las cosas que cada uno encuentre como positivas para salir adelante…un afectuoso saludo

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