Medir la felicidad

Hoy en día proliferan numerosas asociaciones que se lanzan a fabricar listas sobre el grado de felicidad que ostenta un determinado país o región. Cada organización usa sus propios parámetros para la obtención de estos índices,  publicándose estos resultados en todos los medios de comunicación y convirtiéndose en el nuevo paradigma de la verdad absoluta,  en la cual quieren verse reflejados con una buena posición todos los países del orbe. Si estamos bien posicionados ya nos encargaremos de publicitarlo y si no se obtienen unos resultados lo suficiente enorgullecedores, con no darlos a conocer,  suficiente.

Esta moda la inicio Bután en 1972 con la invención de su FNB (Felicidad nacional bruta) para contraponer otro índice al todopoderoso PIB (Producto interior bruto), quizás porque dicho país no quedaría muy bien parado en este último. En la actualidad parece que son los países nórdicos quienes encabezan el ranking, lo que parece corroborar lo propugnado por autores de la talla de Richar Wilkinson o Thomas Piketty (uno en el campo de la salud y el otro en el económico),  en lo referente a que las sociedades más igualitarias son más proclives a alcanzar ese estado de bienestar.

Con todo, el establecer parámetros matemáticos para medir algo tan subjetivo como la felicidad, tristeza, amor o belleza,  resulta cuán menos chocante. Sería como decir, usando esa serie de variables, que los habitantes de Sentinel del Norte no pueden ser felices porque no conocen el fuego o que cualquier nación en el pasado no pudo haber sido tan feliz como ahora por no llegar a los niveles de desarrollo actual.

Por otro lado, también existen diferentes percepciones del nivel de felicidad medidas con herramientas sociológicas. Al ser estas unas encuestas telefónicas, yo me pregunto ¿el sentimiento de felicidad pudiera ser fabricado? ¿Pudiera ser un fracaso personal, por lo tanto no confesable, el no reconocer un alto nivel de felicidad?

Un sucedáneo de felicidad supongo que pudiera ser forjado. En una sociedad en la que sus medios de comunicación estén continuamente bombardeando con mensajes sobre lo afortunados que somos por vivir en un sitio determinado disfrutando de todas sus comodidades y ventajas, no tendríamos derecho a declararnos infelices, máxime si lo comparamos con como viven en otras latitudes. Y si encima todo esto lo aderezamos con ingentes consumos de antidepresivos y tranquilizantes, seguro que se habrá hecho realidad el Edén en la tierra.

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