Cambios y sus consecuencias

Muchas veces nos arrogamos la posibilidad de hacer cambios en nuestros modos de vida, sistemas de gobierno, nacionalidades, simplemente porque podemos, porque vivimos en el presente, sin tener en cuenta lo que puede suponer el realizar unos cambios que no estén lo suficientemente asentados por el pasado para las generaciones venideras.

¿Estamos condenando a las generaciones futuras a multitud de enfrentamientos que no se deberían de haber producido?

¿Son suficientes unos volubles y anodinos votos (entiéndase la adjetivación por lo fácil que es emitirlos y manipularlos) con una exigua mayoría, para cambiar cosas por las cuales han ocurrido guerras y revueltas en el pasado?

¿Y si no tienen poder esos votos, como hacer los cambios en una sociedad madura y democrática?

Una vez que se produce el cambio, ¿es el tiempo y las actuaciones interesadas lo que se ocupa de esculpir esas divergencias para que tengan acomodo en el futuro?

Muchas preguntas y pocas respuestas. Aunque el generar estos interrogantes sea el primer paso para obtenerlas.

“Cuando admitimos que cada generación tiene derecho a escribir su propia historia, solo estamos reconociendo que cada generación puede ordenar los acontecimientos según su perspectiva, no el derecho a alterar el propio asunto objetivo”–  Hannah Arendt

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