La cola

Hace unos días estuve en la cola de acceso a una terminal de un importante aeropuerto internacional. Esta iba serpenteando con innumerables personas en ella para acceder a la necesaria verificación de seguridad, lo que hacía que los tiempos de demora estuvieran siendo más largos de lo esperado, haciendo la dilación cada vez más ardua y tediosa. Un buen caldo de cultivo para observar las diferentes actuaciones de la gente que aguardaba esta inamovible fila. Estos distintos comportamientos son propiciados  por múltiples factores, desde la idiosincrasia del carácter propio o de grupo, experiencia en esta tesitura, educación recibida, etc.

Los más aguardaban pacientemente su turno. Conforme iba pasando el tiempo, veías a gente que empezaba a mirar su reloj y a ir pasando su peso de una pierna a otra, prueba de que el cansancio empezaba a hacer mella. En ese momento una persona se mete por debajo de la cinta separadora y se cuela avanzando un montón de puestos. La gente que sigue guardando la cola empieza a mirarse entre sí, pero por la suma de falta de confianza, poco dominio del idioma, poco afán de protagonismo y el pensamiento de “bah, solo es uno” o “seguro que tiene una razón poderosa”, se ahogan todas las protestas. La persona que realiza la acción se queda impertérrita mirando al frente, obviando la presión de las decenas de miradas acusatorias. Se observa claramente que el ser humano, como animal que es, tiene reminiscencias de un pasado que ha hecho de su supervivencia personal el principal atributo a perseguir, y que cientos de años de educación y vida en común, no han ayudado para el aumento de los niveles de empatía en algunos especímenes.

Como a esta primera infractora le ha salido bien, pronto aparecen nuevos personajes que optan por esta estrategia, digamos del “yo primero”,  lo que hace aparecer un nuevo comportamiento que busca mitigar esta corriente. Ante el aumento del número de transgresores comienzan a  arreciar las protestas ya que entienden que esa conducta les afecta directamente. Los que estaban en duda sobre si hacer lo mismo posponen su decisión hasta ver el desenlace.  Ante la falta de alguna autoridad que ponga orden y restablezca la justicia, se comienza a barajar la posibilidad de que alguien restablezca la justicia por su mano, retrotrayéndonos a tiempos pretéritos, cuando ésta era la única manera de encontrar resarcimiento.

Y mientras aparece la autoridad a apaciguar un problema que no hubiera aparecido en toda su virulencia si hubiera estado el vigilante encargado de organizar la fila desde el comienzo del proceso, te fijas en otro tipo de gente. Una gente que habiendo vivido esta situación cientos de veces no ha dicho nada, se ha mantenido ocupada en sus menesteres o mirando la situación con una tierna sonrisa, como cuando mira un padre a un grupo de niños que discuten si ha sido falta en un partido de era.

 

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