Lenguaje

Hoy hablamos sobre el lenguaje. Esa multitud de sonidos que salen de nuestra boca o garabatos de nuestra pluma y que nos habilita para comunicarnos, que permite dar forma a las imágenes o ideas que surgen en nuestro cerebro.

¿Pero, como modifica el lenguaje nuestra manera de pensar? El lenguaje es como un arado que va haciendo surcos al cerebro y este se va modelando por la infinidad de factores que conforman esta herramienta, los idiomas y métodos de expresión  utilizados, el dominio de su utilización, etc. Como negar la influencia  que ejerce el lenguaje en la configuración de la idiosincrasia de las diferentes nacionalidades y grupos de población con características homogéneas.

En el uso internacional, para intentar que no hubiera supremacías entre lenguajes  con el consiguiente rechazo que esto pudiera provocar,  se creó un lenguaje que pudiera ser considerado como neutro y que cada habitante del mundo pudiera considerarlo como suyo, el Esperanto. Solo el hecho de que se haya visto necesario  acometer tan magna empresa, explica la cantidad de controversias, susceptibilidades y equívocos que pueden conllevar un torticero uso del lenguaje.

Pero por otro lado,  como obviar los límites que nos impone el lenguaje en la expresión de cuestiones metafísicas. Como describir con palabras la belleza o el amor. Solamente el hecho de expresarlo significaría  ponerle un límite, acotarlo, lo que no les haría justicia  por lo inconmensurable de la tarea. En una escena de la obra de Shakespeare “El rey Lear”, éste pregunta a sus tres hijas sobre el amor que le profesan y que dependiendo de sus respuestas  se hará la repartición de la dote. La primera se explaya dando las más bellas y primorosas explicaciones con lo que el rey  queda muy satisfecho. La segunda, además de todo lo dicho por su hermana, también pone sobre el tapete que su mayor dicha sería sentirse agraciada con el amor de su padre. El padre, orgulloso y henchido de gozo por las respuestas de sus dos hijas, pregunta a su hija pequeña (la que más nobles y tiernos sentimientos profesa hacia él) la misma cuestión, a lo que ella responde bajando sus humedecidos ojos:

-Nada, monseñor

El Rey conmovido por su respuesta, sentencia— ¡¡De nada no vendrá nada!!

“Los limites de mi lenguaje son los limites de mi mundo” — Wittgenstein

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